Una ¿ventaja? en la que seguramente nadie piensa cuando considera emigrar a este país, es que en Navidad la carta a Santa Clós (código postal HOH OHO) es un envío local al “Polo Norte, Canadá”. Más allá del cliché de los iglúes y los osos polares, la realidad es que muchos abandonan el “sueño canadiense” por culpa del frío, la nieve y la falta de luz. Los demás contamos nuestra estancia en base al triunfo personal que representa torear los elementos: “yo hace seis inviernos que vivo aquí, ¿y tú?” es pregunta común entre inmigrantes.
El verano en que llegué a Toronto no podía imaginar lo que duele, literalmente, respirar a cuarenta grados bajo cero. El paisaje verde y la amabilidad de los canadienses me conquistaron, aunque estaba consciente de que no sería fácil construir una nueva existencia aquí. Si uno ha tenido un cierto nivel cómodo de vida en México, resulta muy duro llegar a Canadá y aceptar trabajos menores, muchas veces pagados con el sueldo mínimo; los buenos empleos están ahí pero, como en todas partes, hay que conocer a la gente indicada para obtenerlos, y contar con lo que aquí llaman Canadian experience, requisitos imposibles de cubrir para la mayoría de los recién llegados. He oído a muchos compatriotas quejándose por esto, y no sin razón.
Para mi esposo y para mí, los primeros dos años fueron los más difíciles. Hubo que apretarse el cinturón, pastorear deudas aterradoras y trabajar duro por poca paga. Paso a paso fuimos abriéndonos camino. El obtuvo su certificación como ingeniero profesional; yo cursé una maestría y estoy concluyendo un doctorado. Ahora, ambos trabajamos en lo que nos gusta y sabemos hacer mejor –un franco privilegio--. Nuestras hijas le escriben a Santa y les alegra saber que vive cerca. Podría decirse que la nuestra es una historia con final feliz, excepto que el final no existe, todo es una continuación, y para mantener el equilibrio que hemos logrado debemos esforzarnos todos los días. Estamos solos aquí; nuestros padres y hermanos viven lejos. Contamos únicamente con los amigos que hemos cosechado –amigos que hacen las veces de familia, para fortuna nuestra.
Todo migrante sabe que, al dejar atrás la patria, gana y pierde. Se gana “seguridad”, y una supuesta “mejor calidad de vida”, pero se pierde la presencia diaria de seres queridos, y el sabor y la bulla que hacen entrañable nuestro país. Se pierden temores; se ganan soledades. Se gana también una nueva lengua y yo, para no perder la que me ha hecho quien soy, enseño español y ofrezco talleres de creación literaria en español; así, la vida a mi alrededor palpita con calidez sin importar el clima. Qué mejor regalo puedo hacerle a mi país adoptivo, que acercar a su variadísima gente a la riqueza de nuestro idioma –y, de paso, de la cultura en que crecí. Qué mejor manera de pasar el tiempo, que compartir con otros hispanos el interés por nuestra literatura y nuestra creatividad. Tras siete inviernos aquí, sé de cierto que los sacrificios del comienzo valieron la pena. Ya no puedo imaginar la vida haciendo otra cosa, ni en otro lugar.
Martha Bátiz |